Corría el 2001, George Bush tomaba el gobierno de Estados Unidos, se producían los primeros matrimonios homosexuales, aparecía el primer Ipod, nos dejaba Gila y al otro lado del atlántico se apagaban más de 3000 vidas simultáneamente por el atentado contra las torres gemelas. Pero lo que interesa del año para este artículo es que El Señor de los anillos seguía siendo una obra para freaks, cosa a punto de cambiar. Peter Jackson traía en camino la película basada en el primero de los libros de la trilogía de Tolkien, La comunidad del anillo, que revolucionó las taquillas y a espectadores del momento y que volvió a poner de moda la fantasía épica en cada producto de entretenimiento. Ahora los niños ya no querían ser astronautas si no enanos con los pies peludos o elfas de plateada melena.
Pero Peter Jackson no podría haberlo hecho todo solo, al igual que John Milius necesitó a Basil Poledouris para crear la verdadera ambientación de Conan, el Bárbaro, para poner la guinda a la esencia de la Tierra Media no se pudo llamar a nadie mejor que a Howard Shore.






